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/ revista
bimensual de crítica de crímenes / número 7- enero
2005

Premio
Moriarty 2004
Cadena
perpetua para el psicópata del autobús
Andrea.
En diciembre finalizó en Auxerre (Francia) el juicio contra Emile
Louis, considerado el mayor asesino en serie de Francia. Este conductor
de autobús de profesión, ahora jubilado, estaba acusado
del secuestro y asesinato de siete chicas entre 1975 y 1979. Las víctimas,
con edades comprendidas entre los 16 y 22 años, tenían
todas algún grado de deficiencia mental y estaban bajo la protección
del departamento de asuntos sociales (DASS, por sus siglas en francés).
Esto no les valió de mucho porque sus desapariciones no preocuparon
ni a la prensa ni a los funcionarios del servicio de menores ni a los
jueces y, en varios casos, ni a sus propias familias. El único
funcionario que siguió investigando, porque no se tragaba que las
desaparecidas simplemente se hubieran fugado con algún novio, fue
el gendarme Christian Jambert, quien logró establecer que el conductor
había tenido alguna relación con todas las víctimas.
Pero Jambert no estuvo presente en el juicio porque falleció en
agosto del 1997 por una no aclarada "muerte violenta", tres
años antes de que Emile confesara.
Como es natural, sus abogados dijeron que las acusaciones no tenían
fundamento, que su cliente era la inocencia en persona y que además
las pruebas materiales eran insuficientes. Y algo de razón tienen,
ya que sólo se encontraron dos de los siete cuerpos. Lo irónico
es que fue el mismo Emile Louis quien confesó en diciembre del
2000, tras ser arrestado durante 45 horas, y también fue él
quien llevó a las autoridades al lugar donde estaban enterradas
dos de las jóvenes desaparecidas. Sus abogados explicaron durante
el juicio que a su cliente le gustaba ir a pescar a dicho lugar y un día
había visto a dos hombres "de apariencia magrebí"
enterrando algo. Aunque Emile alega que su confesión fue producto
del miedo que tenía a los gendarmes, sus antecedentes personales
no juegan a favor de su inocencia, ya que fue condenado en 1981 y en 1989
por atentar contra el pudor de dos niñas pequeñas y después,
en la primavera de este año, por la violación y abuso sexual
de su esposa e hija adoptiva. El juicio además sentó precedente,
ya que el juez encargado del caso, Philippe Bilger, citó a declarar
a fiscales, a sustitutos de fiscales, y a dos jueces de instrucción,
acusándolos de no cumplir con el deber de investigar.
Niño
de la DASS
Emile fue abandonado por sus padres al nacer y, al igual que sus víctimas,
pasó a estar bajo la custodia de la DASS. Tras terminar sus estudios,
se enroló en la legión extranjera y participó en
la guerra de Indochina, consiguiendo varias condecoraciones. Años
más tarde, su casa funcionó como hogar de acogida para niños
de la DASS. Incluso Jacqueline Weiss, una de sus víctimas, pasó
junto a su hermano una temporada en casa de Emile.
Durante el juicio el acusado incurrió en constantes contradicciones.
A ratos decía que había un complot contra él o que
una red de prostitución era la verdadera culpable de las desapariciones
y otras veces culpaba de todo a su ex-mujer Gilberte Leménorel,
quien lo hizo internar en un psiquiátrico. Desde ese momento, según
su declaración, su vida cambio y empezó a sufrir "pulsiones"
en noches de luna llena, sobre todo en primavera y verano.
Dijo que sólo quería acostarse con las chicas que, según
él, eran poco espabiladas, pero no inocentes en el terreno sexual.
También declaró que les tenía mucho cariño
por lo que nunca les hubiera hecho daño; y negó haber escrito
una conveniente carta de despedida de Françoise Lemoine, la segunda
víctima en desaparecer. En la misiva, ella se despide de Emile,
le da las gracias por su ayuda y dice que su ex-novio ha venido a buscarla.
Se cree que el acusado se hacía el simpático con las mujeres
y les conseguía alojamiento y pequeños trabajos para ganarse
su confianza.
La
confesión y el secuestro permanente
En el año 2000 Emile justificó su confesión porque
no podía seguir cargando con el peso de las muertes en su conciencia.
Pero conciencia atormentada o afán de protagonismo típico
de los psicópatas, no estaba en los planes de Emile pagar por sus
crímenes. El acusado declaró haber leído en un libro
que tenía en casa que no se puede juzgar a un criminal si han pasado
más de diez años desde que cometió el crimen. Es
lo que en leyes se conoce como prescripción de un delito. Para
asegurarse de que quedaría libre, no sea que hubiese entendido
mal, pidió a los gendarmes que le enseñaran el código
penal donde venía el artículo en cuestión. Curiosamente,
como la letra era muy pequeña y se había dejado las gafas
en casa, tuvo que leérselo el funcionario encargado de la investigación.
Lo que Emile no pudo prever, ya que seguramente no lo mencionaba su libro,
es que iba a ser juzgado según la tesis del "secuestro permanente"
que considera que al no aparecer el cuerpo de la persona el delito se
sigue cometiendo, por lo que no puede prescribir. El listo de Emile nunca
pensó que las corrientes del río en cuya orilla enterró
a sus víctimas y la erosión le jugarían una mala
pasada llevándose los otros cinco cuerpos.
A sus 71 años, Emile Louis ha sido condenado a cadena perpetua
y deberá cumplir al menos 18 años antes de que se le pueda
conceder algún beneficio penitenciario.
 
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