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/ revista
bimensual de crítica de crímenes / número 11- septiembre 2005

Chapuza
del mes
Lucero
poco brillante
Juanma.
Joe Lucero, de 30 años, es pionero de una nueva especialidad en
el campo de la incompetencia delictiva: el maratón de chapuzas.
Siguiendo la tradición acumulativa del espectáculo USA,
Lucero encadenó una sorprendente serie de delitos fallidos y acabó
en el hospital, víctima de su propia ineptitud.
Fracasó en sus intentos de atracar a dos mujeres, no consiguió
penetrar en varios apartamentos donde quería robar, secuestró
un coche y lo estrelló, dejó las huellas ensangrentadas
de sus manos en los picaportes de varios pisos más y fue derrotado
en su enfrentamiento con una madre airada a la que pretendía arrebatar
su bebé para usarlo como escudo.
Hombre madrugador, Lucero comenzó su jornada a las 6 menos cuarto
de la mañana del domingo 7 de agosto en Salt Lake City (EE.UU.).
Armado con un cuchillo, salió a hacer sirlas por la calle y se
dirigió al aparcamiento de unos almacenes. Allí intentó
atracar a dos mujeres, pero éstas salieron huyendo sin darle su
dinero, lo cual le hizo pensar que la sirla no era lo suyo. Sin duda,
no daba bastante miedo.
Así pues, decidió cambiar de especialidad y hacerse topero.
Para ello, se dirigió a un complejo de apartamentos e intentó
forzar una puerta. Inútil total. Tal vez pudiera probar suerte
en el robo de coches.
Como seguramente no sabe hacer un puente, Lucero volvió a recurrir
al cuchillo. Vio un Jeep parado con dos personas a bordo y las intimidó
con el bardeo para que se lo cedieran. Esta vez parecía que las
cosas iban saliendo bien. Lástima que su destreza como conductor
esté a la altura de su competencia criminal. Al poco rato, volcó
y estrelló el vehículo, sufriendo cortes y contusiones diversas.
Lucero no es hombre que
renuncie a su vocación por unos principios poco auspiciosos. Aunque
estaba hecho un Cristo, decidió darse otra oportunidad en el robo
domiciliario. Penetró en otro edificio de apartamentos y empezó
a probar puertas. Lo único que consiguió fue dejar abundantes
huellas de sus manos ensangrentadas en los picaportes. Aquello ya pasaba
de castaño oscuro. Y se olía que la policía podía
estar siguiéndole. Era el momento de pasar a las medidas desesperadas.
Nada de limpiar las huellas. Había que coger rehenes.
De una patada, abrió la puerta del apartamento de la familia Hernández
(¿cómo no se le había ocurrido antes un método
tan delicado?) y entró en él gritando "¡Policía!
¡Tengo una pistola!". La familia Hernández no quedó
muy convencida. Mientras Lucero montaba una barricada en la puerta (como
suelen hacer todos los policías al entrar en una casa), la madre,
Melva, cogió a su niña de 18 meses y la escondió en
un armario. Lucero empezó a perder la calma. Rompió una mesita
y desgarró las sábanas de la cama para demostrar lo peligroso
que era. Apiadada, la señora Hernández le ofreció dinero,
para ver si así se iba, pero Lucero ya estaba poseído. Le
exigió que le entregara a la niña escamoteada, con la que
pensaba montar su gran escena final.
Melva Hernández, que ya sospechaba que el asaltante no llevaba pistola
y era un pringado de mucho cuidado, reaccionó como es de esperar
en una madre en semejante situación. Por primera vez en la jornada,
Lucero se vio en verdadero peligro. Y en aquel momento oyó sirenas
de la policía. Entonces, Joe Lucero, viéndose acorralado entre
la madre y la ley, hizo uso de todos sus recursos criminales. Se tiró
por la ventana.
La policía lo recogió y lo trasladó a un hospital,
donde tuvo que permanecer varios días antes de ser conducido a la
cárcel del condado. Hubo que sedarle porque estaba bastante nervioso.
Se comprende.
 
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