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/ revista trimestral de crítica de crímenes / número 20- julio 2007

Por qué
salió mal
Mi
móvil me espía
Esther. Hay
quien piensa que le han puesto micrófonos en los dientes para oir
todo lo que dice o microchips en la cabeza para conocer sus pensamientos,
suelen ser percepciones erróneas relativamente frecuentes entre
los esquizofrénicos paranoides; pero lo que sí te puede
estar vigilando es tu móvil. El teléfono móvil que
en principio parecía ser una aliado de los mentirosos, que podían
decir que estaban enfermos en casa y estar en la playa, y de los delincuentes,
que podían recibir avisos de la llegada de la policía, poco
a poco se está convirtiendo en su mayor enemigo, porque con el
móvil no sólo se identifica a las personas con las que ha
hablado el propietario, sino también todos sus movimientos, gracias
a esa obsesión que tienen muchos con estar siempre localizables
y llevar siempre el móvil.
Los móviles ayudaron a los ladrones argentinos del Banco Río
ade2006marzo2.htm a escapar, pero también les delataron, al igual
que el móvil de Jamila M'Barek fue una de las principales pruebas
de cargo en el asesinato de su esposo.
Jamila M'Barek y su hermano Mohamed han sido condenados a 25 años
de cárcel por el asesinato de su marido, Anthony Ashley- Cooper,
Conde de Shaftesbury, por un tribunal de Niza (Francia). Jamila es una
ex prostituta francesa, de 45 años, de padres africanos, que vivió
la mayor parte de su vida en Túnez. El Conde era un millonario
mujeriego, de 66 años, que se trasladó a Francia en 1999.
El noble requirió los servicios sexuales de Jamila en 2002 y unos
meses después se convirtió en su tercera esposa. Pero en
2004 comenzaron los trámites de separación. El 5 de noviembre
de ese mismo año Ashley- Cooper desapareció tras ir a visitar
a su esposa en un apartamento de Cannes. Los restos de su cadáver
aparecieron cinco meses después en un barranco remoto de los Alpes.
Mohamed fue extraditado de Alemania, donde residía, y acabó
confesando que estranguló a Ashley- Cooper y trasladó el
cadáver en el maletero de su coche. Los hermanos explicaron que
la muerte había sido accidental por una pelea entre los hombres,
producto de una borrachera, pero el teléfono móvil de la
ex prostituta los delató. A través de los registros de su
móvil se comprobó que la mujer había estado, dos
días antes de la muerte del Conde, en el paraje donde apareció
su cuerpo, lo que convertía el caso en un asesinato premeditado.
Jamila M'Barek le contó, además, a otra hermana, en un
encuentro grabado en la cárcel, que le había pagado 150.000
euros a Mohamed para que se deshiciera de su marido.
No
vuelvas al lugar del crimen, ni con peluca
Juanma.
Por lo visto, Luis Olivencia le tenía mucho cariño a aquel
bar de la Corredera Alta de Madrid, donde el año pasado le pegó
un tiro a un hombre. Tanto echaba de menos su bar que no resistió
la tentación de volver a tomarse allí una cerveza, a pesar
de que sabía que su víctima -que sobrevivió al tiro-
vivía cerca de allí con su familia. Eso sí, tomó
la precaución de ponerse una peluca para que no lo reconocieran.
No le sirvió de nada. Fue capturado ignominiosamente por las tres
hijas del tiroteado, de 17 a 22 años de edad.
La agresión original ocurrió el 7 de mayo de 2006. Olivencia,
entonces de 56 años, y otros clientes veían en el bar un
partido del Real Madrid. Uno de los clientes, llamado Said, de 50 años
y origen marroquí, jaleó una jugada del equipo madrileño.
A Olivencia, que debe de ser del Atleti, no le hizo gracia el asunto y
comentó "Cómo le puede gustar a un moro el Real Madrid".
Se inició una discusión en la que Said intentó argumentar
que él era del equipo que le diera la gana. Olivencia sacó
un spray, y le fumigó los ojos. Said subió a su casa a lavarse
y poco después bajó de nuevo a la calle. Los dos hombres
volvieron a encontrarse, forcejearon y en medio de la pelea Olivencia
sacó una pistola y le pegó al otro un tiro en el estómago.
Dos de las hijas de la víctima fueron testigos.
Desde entonces, Luis Olivencia había estado en paradero desconocido,
mientras la policía lo buscaba por varias ciudades españolas.
Su pista se perdió en Asturias. Mientras tanto, Said fue operado
de urgencia, pasó muchas semanas en el hospital y por fin pudo
volver a hacer vida normal. Pasó un año.
Y entonces, el pasado 5 de mayo, la querencia de Luis por el bar de la
Corredera Alta pudo más que él. Ignoramos qué clase
de tapas tiene ese bar, pero está claro que Luis planificó
la visita, como demuestra el hecho de haberse puesto una peluca canosa
para que nadie lo reconociera. Pero ni Said ni sus hijas habían
olvidado su cara. Mientras él se tomaba unas cervezas, dio la casualidad
de que Said pasó por allí y lo vio. El pelo canoso le hizo
dudar, pero fue a buscar a sus hijas y les contó sus sospechas.
Las chicas entraron en el bar, miraron a Olivencia de arriba a abajo y
empezaron a hacer preguntas al camarero. Olivencia se olió la situación,
pagó y trató de escabullirse, pero las tres muchachas fueron
tras él.
"¿Tú eres Luis? ¿Conoces a Said?", empezaron
a preguntarle. Él intentó eludirlas, pero las chicas ya
no tenían dudas. "¡Asesino!", gritaban, pidiendo
ayuda a los viandantes. La menor de las tres hermanas, de 17 años,
agarró a Olivencia por la chaqueta. Él sacó un bote
de spray (menos mal que esta vez no llevaba la pistola) y le fumigó
la cara. Pero las otras dos se habían lanzado sobre él,
ayudadas por un transeúnte, y lo derribaron al suelo. La muchacha
gaseada le arrancó la peluca y lo abofeteó. Apareció
la policía y se los llevó a todos a comisaría. Las
tres hermanas iban felices. Olivencia, no tanto.
Luis Olivencia tiene un historial de 30 detenciones, casi todas por robos
y falsificaciones. Se le encontró un carnet de identidad falso.
Había contra él cinco órdenes de busca y captura
de distintos juzgados. Su abogado solicitó la libertad provisional
alegando que el disparo era un simple delito de lesiones, no intento de
homicidio, y que no había riesgo de fuga porque tenía domicilio
conocido. El juez replicó que hasta aquel momento nadie conocía
su domicilio y que no sólo había riesgo de fuga sino que
Olivencia llevaba un año fugado, y lo envió a la cárcel.
Para que luego digan que los tópicos son sólo tópicos.
Olivencia tiene historial delictivo suficiente para saber que ni con peluca
hay que volver al lugar del crimen. Lo que lamentamos es no conocer el
nombre del bar que fue su perdición. Tiene que tener unas raciones
fantásticas.
Le
pillan por su afición a la cerveza
Andrea.
En lo que parece un episodio más de Los Simpsons, en Berlín
(Alemania), un ladrón fue detenido por la policía en su
casa por culpa de su afición por la cerveza. Todo empezó
cuando un agente de policía que había recibido la denuncia
de robo de un teléfono móvil, llamó en abril al número
de teléfono robado, y el autor del robo contestó. Entonces,
el funcionario le informó que había sido el afortunado ganador
de un barril de cerveza, a lo que el ladrón respondió dando
su dirección sin pensarlo dos veces.
Gastan la gasolina
de la huida por exceso de fogosidad
Esther. Tasha
Silva, de 30 años, y su novio, Marcus Schulze, robaron supuestamente
una furgoneta del Sheriff de Hilmar (California, EEUU) en abril. Condujeron
hasta un descampado, donde pararon para mantener relaciones sexuales.
Pero dejaron el motor encendido y la gasolina duró menos que el
encuentro íntimo. Así que cuando el Sheriff localizó
su furgoneta, tuvieron que huir a la carrera. Sólo lo consiguió
el chico.
Llaman
a un cerrajero para robar en una casa
Esther. El
plan era muy sencillo: Llamar a un cerrajero para que les abriera la puerta
de una casa en la que supuestamente pretendían robar, y el cerrajero
se la abrió. Fueron más lejos y le pidieron que les abriera
una caja de caudales de la que, al parecer, sustrajeron un reloj. Pero
todo se fue al traste por un pequeño error: No le pagaron. En mayo,
la policía descubrió a una pareja de rumanos, semidesnudos,
en el cuarto de estar de una vivienda deshabitada de Castellón
(España), después de que les avisara el cerrajero. La dueña
de la casa está en la cárcel.
Pierde
la pierna ortopédica en la huida
Esther. Se
le cayó la pierna ortopédica en la huida y todo se complicó.
Los agentes no tuvieron muchas dificultades para identificar al cojo que
intentaba escapar a la carrera. Gregory Daniels, de 48 años, junto
con otro hombre, consiguió desplazar un cajero automático
de un mercado de Pomona (California, EE.UU.), con una cadena enganchada
a una furgoneta, y cargarlo en el vehículo, una madrugada de abril.
La policía les persiguió hasta que llegaron a un callejón
sin salida. El cómplice consiguió huir, pero a Gregory le
traicionó la prótesis.
 
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